La escala de madurez de tecnología TRL y su importancia en México

No es un secreto que uno de los retos más importantes para México en términos de competitividad, es el de mejorar nuestros procesos de generación, aplicación y comercialización del conocimiento, sin importar si nuestro ámbito es la academia, la industria, o incluso el gobierno como actor encargado de diseñar políticas públicas que ayuden a cumplir este objetivo. 

Un ejemplo de la importancia del gobierno como actor clave en este proceso, es el impulso por parte del CONACYT de la adopción a nivel nacional un método para evaluar el grado de avance que tiene el desarrollo de una tecnología. Este método, denominado “TRL” (por las siglas en inglés de Technology Readiness Level”) consiste de una escala de 9 niveles en los que se puede ubicar una innovación en su proceso completo de desarrollo, desde el nivel TRL-1 que es la fase de investigación básica en la que se generan las bases del conocimiento, hasta el nivel TRL-9 en los que un nuevo producto, servicio o proceso ha entrado al mercado como innovación tecnológica. 

El método del TRL fue diseñado en la década de los 70s en la NASA, como una forma de evaluar el nivel de riesgo que tenían los proyectos tecnológicos en su proceso de desarrollo, debido a que se estaban aplicando recursos financieros sin criterios de priorización, generando el riesgo de que los gastos en investigación y desarrollo no derivaran en innovaciones cuya comercialización permita recuperar la inversión realizada durante años de trabajo. 

Esta situación de la NASA hace 40 años es la misma a la que se enfrentan los centros públicos de investigación en México, toda vez que el históricamente su enfoque ha sido la generación del conocimiento más que su aplicación y, en mucha menor proporción, su comercialización. 

Las políticas de fomento a la investigación científica en México han generado científicos e instituciones competitivas a nivel internacional, sin embargo, se han rezagado en adoptar prácticas para llevar estos conocimientos al mercado en forma de innovaciones, que generen el retorno de inversión que reduzcan la dependencia exclusiva del presupuesto público de la ciencia y la tecnología.

En el caso de la industria el tema del retorno de inversión es mucho más apremiante, ya que su inversión en investigación y desarrollo depende totalmente del retorno generado por sus nuevos productos en el mercado. La alta intensidad de participación del sector privado en los programas de financiamiento a la innovación del CONACYT, ha exigido que los criterios para el diseño y evaluación de los proyectos tecnológicos sean más robustos, de manera que disminuya su riesgo de fracaso y, por ende, mejorar las probabilidades de recuperar esa inversión en innovación.

Es así que el CONACYT ha impulsado desde el 2015, a través de su Dirección de Comercialización de Tecnologías, la aplicación del método TRL a los procedimientos de participación de empresas en programas de financiamiento público a la innovación. Actualmente son los programas de Estímulos a la Investigación, Desarrollo Tecnológico e Innovación (PEI), el Programas de Nodos Binacionales y el Fondo de Innovación Tecnológica (FIT), los que actualmente definen el alcance y pertinencia de participación de proyectos de acuerdo con el nivel de TRL en el que se ubica la tecnología que se desarrollará con ellos. 

El método TRL determina la posición de una tecnología en su proceso de desarrollo al mercado en una escala de 9 niveles, los cuales ayudan a determinar el nivel de madurez y, por lo tanto, del esfuerzo tecnológico y riesgo financiero que implica el llevar un nuevo producto al mercado.

 

 

Los programas de financiamiento público requieren dos datos relacionados con el TRL: el nivel de madurez con el que inicia un proyecto y el nivel de madurez al que planea llegar al término del mismo. Estos datos permiten que la organización que diseña el proyecto defina sus metas en términos de tiempo, costos y desarrollo tecnológico, al mismo tiempo que el programa de financiamiento evalúa la pertinencia, factibilidad y riesgo (fig. 1). 

El que tanto la empresa privada como el organismo público tengan alineados sus criterios de diseño y evaluación de proyectos tecnológicos, permitirá que ambos homologuen sus enfoques  de innovación y alineen sus parámetros de diseño de proyectos, lo cual permitirá que ambas organizaciones optimicen sus recursos limitados para innovar, disminuya el riesgo de fracaso y por lo tanto, aumenten sus probabilidad de recuperar su inversión y mantener sus proyectos de innovación.

 

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